Multiversidad Mundo Real Edgar Morin

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96 Aniversario Edgar Morin

¡Felicidades querido Edgar!

Tengo en mis manos el tomo 1 de El método, una de las obras emblemáticas de Edgar Morin.

Para algunos lectores potenciales es una obra difícil, dedicada a un asunto teórico de interés para la academia, o para una parte de ella, y lo sostienen un tiempo en sus manos, cavilan y puede que lo devuelvan al anaquel de la librería. Esto puede ocurrir también con los estudiantes en una biblioteca, que al pasar la vista por algunas páginas, renuncien a la lectura profunda por considerar la obra técnica, difícil, profunda y preferir entonces la comodidad de cualquier intérprete que hubiera escrito un comentario.

Suele pasar con las obras grandes: asustan por su inmensidad y el reto que significa para cada lector y estudiante penetrar en las profundidades de un pensamiento sistematizador y retador por su alcance y la sabiduría de su autor.

Pero Morin como autor es más que un estudioso profundo y agudo. Su escritura científica se caracteriza por la pasión propia de la novela y el relato, por la intensidad de un discurso que no oculta la individualidad de su autor y el acercamiento personal, íntimo y humano que hace a cada asunto. Quienes no han realizado la lectura, se pierden el disfrute de esa intensidad retadora, y el placer de la metáfora intensa, evocadora y empática que lo caracteriza.

El Método, que es una obra con profundidad teórica y con un alcance retador por todas las áreas de conocimiento que invoca y los autores con quienes dialoga, tiene un comienzo de novela, que coloca al ser humano y sus circunstancias en el centro desde las primeras líneas:

“Estoy cada vez más convencido de que los problemas cuya urgencia nos ata a la actualidad exige que nos despeguemos de ella para considerarlos en su fondo.

Estoy cada vez más convencido de que nuestros principios de conocimiento ocultan lo que, en adelante, es vital conocer.

Estoy cada vez más convencido que la relación

cuando no es invisible, sigue siendo tratada de manera indigente, al haber sido absorbidos sus dos términos en otro que se ha convertido en maestro.”

Rompe todas las normas de la escritura científica parametrada, con la declaración de un credo epistemológico, y la inclusión de un esquema que hace parte de una oración, puesto que ¿Quién ha dicho que bastan las palabras y que debe ser fría la expresión del científico? Vibra la persona a través de sus convicciones y su decir fluido, y nos anima a seguirle en una lectura que mira al mundo no desde la cumbre quien aspira a ser sujeto universal, conocedor todopoderoso, sino desde la altura de un semejante que vive y sufre la aventura del conocimiento. ¿Es posible un discurso más intenso y acogedor? Imposible hacerlo mejor.

Morin escribe sobre ciencia y hace ciencia, sin seguir el canon que obliga a la frialdad y el anonimato. Escribe desde sus circunstancias como persona, parte de un mundo que intenta conocer y una humanidad que intenta comprender.

Al final de ese mismo texto, el autor sentencia sobre la complejidad, el pensamiento complejo y la ciencia que entrañan, un camino distinto para pensar y hacer ciencia renunciando al distanciamiento frío y la manipulación:

“Digamos desde ahora que una ciencia compleja jamás tendrá que validarse por el poder de manipulación que ella procura, sino al contrario. Pero si no desemboca en acciones manipuladoras, desemboca necesariamente en la acción. Ahora bien, al enriquecer y cambiar el sentido de la palabra conocer, la complejidad nos llama a enriquecer y cambiar el sentido de la palabra acción la cual, tanto en ciencia como en política, y trágicamente cuando quiere ser liberación, se convierte siempre, en última instancia, en manipulación y sojuzgamiento. Podemos entrever que una ciencia que aporta posibilidades de autoconocimiento, que se abre sobre la solidaridad cósmica, que no desintegra el semblante de los seres y de los existentes, que reconoce el misterio en todas las cosas, podría proponer un principio de acción que no ordene, sino organice; que no manipule, sino comunique; que no dirija, sino anime.”

Estudioso de la organización, educador de acción, comunicador y animador de nuestras almas, Edgar Morin cumple hoy 96 años. No es poco, claro está, pero es sobre todo, la inmensidad de su entrega humana lo que admira, y nos mueve a admirarle.

Hay mucho que aprender querido Edgar, y contamos con tu sabiduría, vitalidad y esa picardía y agudeza que trasluce en la mirada de todas tus fotografías, las de ayer y las de hoy.

¡Muchas felicidades!

Carlos J. Delgado

Rector de Multiversidad Mundo Real Edgar Morin

 

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